1989 (en español)

En abril de 1989 vine a Santiago por primera vez con mis padres a visitar mi hermano, quien hacía sus estudios de postgrado en ciencia política luego de haber trabajado con Paul Sigmund (un académico conservador de la historia política de Chile) en Princeton. No sé qué era precisamente lo que tanto me gustaba de la ciudad, especialmente dada la naturaleza del viaje familiar y el tipo de actividades que implica tal viaje. Sea lo que fuera, quise volver, así que mi madre me compró un pasaje como regalo de graduación y volví luego de graduarme de la secundaria en junio.

Mi retorno había sido bien visto por mi hermano, quien hacía promesas rimbombantes sobre aventuras urbanas y viajes fuera de Santiago. Cuando llegué, sin embargo, el alegó estar demasiado ocupado como para entretenerme y se le ocurrió la extraña noción de mandarme a un colegio privado para que conociera gente de mi edad. Porqué asentí a su idea sigue siendo un misterio – ¿pues quién, de mente cuerda, volvería al colegio el verano después de egresar? Sin embargo, como pronto iba a ver, el colegio era muy distinto a lo que me había acostumbrado en los EEUU. Los estudiantes entraban y salían de la sala y pasaban el rato en el patio por lo que me parecía una cantidad desproporcionada de tiempo, en que las horas volaban y me parecía más un recreo que nada. Después de una semana me hice los amigos suficientes como para dejar de ir. (También había perdido la cabeza por el director del colegio, un recién graduado universitario de los EEUU del cual me recordaba de vez en cuando muchos años después.)

Más o menos esa misma semana había conocido un compañero de mi hermano que lo había retado por haberme mandado a relacionarme con cuicos y sugirió que sería una mejor idea mandarme a La Chile con su hermano, quien estudiaba historia en un campus por un lado remoto de La Reina. Así que cada mañana tomaba la micro para juntarme con Julio y sus amigos y dedicarme a las mismas actividades en las que había participado en mi colegio privado (pasar el rato en el patio, no asistir a clases) pero, ahora, con alumnos de un estrato social muy distinto. Pronto aprendí que mis nuevos amigos eran todos del MIR y que generalmente sospechaban mal de los norteamericanos pero que habían hecho excepción conmigo. Ni intentaré negar que para mí era bastante exótico abandonar siquiera momentáneamente mi vida resguardada y suburbana en Georgia y repentinamente encontrarme entre mis pares que vivían en poblaciones y quienes a veces ni tenían plata para llegar al campus. Y si en ese instante, me di cuenta que estaba ‘agarrando pueblo’ en Chile, también era consciente de que, a pesar de sus buenas intenciones y generosidad conmigo, Julio y sus amigos también participaban en el juego en su manera de percibirme como una especie de hermanita, una gringuita con plata, conectada con ellos por una situación arbitraria y precaria. En una oportunidad, por ejemplo, me llevaron a una fiesta mirista pero con los ojos vendados en la micro para mantener secreta la ubicación de la fiesta. Por supuesto había pasado suficiente rato en Colombia en aquellos años para entender el problema de clase, especialmente desde una familia colombiana (por el lado de mi madre) ultra-cuica y políticamente conservadora y viendo ese sentido de privilegio autoadquirido de mis familiares, que contradecía los valores de clase media con los cuales había sido criada. Este es un tema complicado y por supuesto en los 1970 las diferencias de clase en los EEUU se mantenían sutiles (o por lo menos escondidas) lo suficiente para que los norteamericanos siguieran creyendo su fantasía ingenua de vivir en una sociedad sin clases, ciegos ante la política exterior estadounidense que hacía posible esta ilusión. Siento que el desarrollo de mi orientación política, entonces, fue el producto de un complejo trasfondo familiar y una educación en (y el rechazo consecuente de) la ideología de la Guerra Fría.

La memoria más vívida que guardo de aquel verano es una que jamás olvidaré y que, de muchas maneras, determina mi imagen aún idealista de Chile (contrastada con mi dañada relación con Colombia). Una noche tomé la micro con un amigo de mi hermano de Connecticut que estaba de visita, para ir a un evento en la Universidad de Chile, en la Casa Central. No estando acostumbrados a la velocidad de los viajes nocturnos en micro, y absortos en la conversación, terminamos en San Bernardo. Me di cuenta que nos habíamos pasado demasiado y otro pasajero, oyendo nuestra conversación, ofreció mostrarnos un teléfono público cerca de su parada, pero el micrero, también sapeándonos, se dio vuelta y nos prohibió bajar del bus y prosiguió a decirle al otro hombre que se alejara de nosotros. Entonces nos quedamos en la micro hasta el final del recorrido, después de lo cual nos condujo de vuelta al centro para estar seguro que volveríamos sanos y salvos a la casa. Cuando le ofrecí pagarle por la bencina extra que había ocupado en el recorrido largo devuelta, se negó y me pidió tan sólo un favorcito. En vez de dinero prefería que le mandara postales de cada ciudad que yo visitara y esto lo hice por muchos años. Conservo aún su dirección y, mientras escribo esto me doy cuenta que estoy muy atrasada con el envío de una postal de Berlín.

Michèle Faguet

2010
© Michèle Faguet